sábado, 1 de junio de 2013

UN INFIERNO ES UN CHORIZO

Un hombre se empieza a comer un chorizo y su vida cambia drásticamente. Mete una pieza de chorizo en su boca y entonces descubrirá el infierno, exactamente cuando se cerciore de que nunca puede terminar de masticarlo. Su destino queda en ese momento sellado, estará el resto de su vida terminando de masticar el chorizo. Esto tendrá muchas implicaciones en otros aspectos de su vida, entre otras cosas dejará de hablar, y consolidará un reflejo que consistirá en hacer saber a las personas de alrededor mediante gestos que está masticando y que no puede responder inmediatamente. Los gestos serán primorosos, dando a entender que responderá en un par de segundos, pero nunca lo hace. Evidentemente sus relaciones sociales acaban siendo bastante fugaces marcadas por un entusiasmo inicial que acabará declinando por el no cumplimiento de las expectativas. Sus relaciones sociales se reducirán a ese continuo gesto, al final perderá su original función y se convertirá en una especie de amago del gesto original, como un tic continuo. Se alimentará durante el resto de su vida con el jugo sobrante del chorizo que masticará, será una suficiente fuente de nutrientes. En los momentos más luminosos de su vida conocerá a una mujer que vive continuamente en un estado de cepillarse los dientes. Se enamorarán, ella morirá intoxicada. Vivirá su decrepitud aislado en una casa en el campo, su masticar será el único sonido de vida en esa vieja casa.
Al final morirá atragantado.

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