miércoles, 26 de junio de 2013

LA MADRE DE TODAS LAS GORDAS

“Hola señorita ¿es usted la madre de todas las gordas?”. La señora se encontraba sentada en un holgado sofá en mitad de la calzada, con la ropa interior del mismo color que su piel, como una barbie desnuda (por lo de la ausencia de agujeros) en versión gorda. La señora examinó al muchacho de la calle que le hizo la pregunta y contestó “¿Que si lo soy? Nuestro gremio es tan nutritivo que no nos distinguimos del abono que nos alimenta, es en sentido figurado. Quiero decir que nuestra congénita tendencia a engordar y agruparnos como materia orgánica para formar bolas gigantes de gordas por toda la ciudad ha llegado a causar tanto calado entre la población que somos un prominente objeto de deseo sexual para un incipiente sector poblacional, siempre que las tendenciosos no continúen contaminando con sus clichés de belleza preestablecidos. Todo a pesar de que nuestro desarrollo depende únicamente de un patrón endógeno”. Se pausó un segundo para recuparar el pretexto de dicha divagación. Sacudió la cabeza y se enderezó un poco más. “quiero decir, muchacho, que realmente estoy apunto de ser abuela. Solo quería puntualizar”. “Oh, señora, me alegro mucho por usted ¿Quién es el afortunado?”. “¿El afortunado de qué aspecto? ¿A qué te refieres muchacho?” “Me refiero, que quién es el padre”. “¡Inocente y maldito pobre diablo!, ya te he dicho que tenemos una tendencia endógena. Todas nosotras hemos sido tan rechazadas por la imperante hegemonía del capitalismo que nos valemos como los tubérculos se valen por sí mismos de la tierra para sobrevivir. ¡Nosotras las gordas somos madres y padres de nosotras mismas”. “¿Hermafroditas?”. “No, hemos compartimentado el organismo colectivo al que pertenecemos, cinco de nosotras se encarga de la generación espontánea de esperma”. “Pero ¿alguien sufre en el proceso? ¿se lo extraen a los hombres?”. “¡Maldito gusano! Te he dicho que es de generación espontánea. Lo único de lo que hacemos uso es de la energía providencial que nos destina el dios lípidos ¡El santísimo salvador de todas las gordas!”. La mujer se levantó de un salto provocando una onda expansiva en toda su materia grasa, tal convulsivo movimiento provocó el despertar y consecuente emanación de su dios, que se manifestó con un rayo en el nublado cielo a la vez que la madre de todas las gordas se levantó. El cabello se le erizó y sus verdes ojos se tornaron purpúreos. Miró fijamente al muchacho, discurriendo por una constante corriente de maldad, sus ojos estaban desorbitados, redirigiéndose hacia el mismo indeterminado espacio que apuntarían en un ataque epiléptico. La madre, y casi abuela de todas las gordas, se contraía en un proceso visceral sin precedentes, como si acumulara gas de pedo en su interior y el dolor de la tensión se manifestara en un terrible e irreprimible ataque de intestino irritable que acabara por abducir a la gorda y todo el espacio a su alrededor. Del cielo empezaron a brotar cerdos voladores, navegando de nube en nube, testigos del relevante cometido al que la gorda y su comunidad se prestaban. “¿Por qué hacéis esto?” Gritó el muchacho entre una ventisca que interfería sus palabras y las arrastraba a las tornadizas direcciones del viento como harían los puños del mejor boxeador del planeta, padre de todos los boxeadores, un gremio masculinizado que no se valdría de patrañas celestiales para su levantamiento como comunidad <Tenemos dos puños y una polla> sería su eslogan. De repente, el muchacho cogió un papel de dos metros y lo puso enfrente de la gorda. La gorda reconoció ese maldito documento y eso le contrajeron las tripas, lo cual la desequilibró y le hizo perder un punto de apoyo. Era tan gorda que tenía seis puntos más, por lo que no se cayó. “Esta es una copia maximizada de la constitución de 1978 y es tan legítima y justa como lo son las vitamina A,B,C y D” entonces mostró un vote de vitaminas con la otra mano. El muchacho parecía tremendamente elocuente a la par que energético, parecía que estaba convenciendo a alguien para que no salte por el precipicio o practicando el exorcismo a una vaca. Pero no era ninguno de esos dos eventos. Era solamente él, la madre de todas las gordas, y el mundo. El muchacho continuó con su discurso “Este papel tiene un componente social y político sin precedentes, es producto de la evolución idiosincrásica del ser humano como hombre pensante. En mi otra mano tengo este vote de nutrientes no esenciales. Gracias a la ciencia y nuestro desarrollo dependiente de la carrera evolutiva que concierne tanto a la selección natural como cultural hemos podido discriminar su importante papel en el mantenimiento de la salud del individuo”. La madre de todas las gordas empezó a refunfuñar con voz de tiburón de dibujo animado. “¡No me convencerás a asumir tus despreciables postulados. La sociedad no es consecuente con la supuesta adecuación de la aplicación de una dieta equilibrada, no hay divulgación ni interés genuinos!”. El muchacho la miró penetrando con su mirada más allá de las densas capas de grasa hasta hacer mella en un alma despreciada y apartada. Dicha alma se encontraba en una habitación hermética y acolchada, y apenas podía respirar, dada la condición que hace a las obesas mórbidas obesas mórbidas. Entonces empatizó con ella, arrojó la constitución y el vote de vitaminas y se acercó a ella lentamente, como una impasible niña haciendo un ecuánime esfuerzo por cuidar y acariciar a su rabioso rottweiler mientras se come una barbie de su aglutinante colección de barbies. Metáfora que inmediatamente nos hace rescatar la analogía entre la barbie y la madre de todas las gordas, debido a la ausencia de agujeros, que antes se mencionó, y que requeriría una mayor inversión en mi precisión descriptiva el volver a expresarla siendo fiel al mensaje inicial declarado y que en este punto transciende, por su intrascendencia, de este lucrativo y enriquecido hilo argumental. El muchacho tocó el hombro de la madre de todas las gordas y concomitante a la inhibición del arousal fisiológico de la madre el tempestuoso clima también se dirimió hasta un estado atmosférico idóneo para la comunicación receptiva y activa para este tipo de situaciones. Entonces el muchacho le dijo “Te comprendo, no estás sola, solo eres una forma alternativa más de este despótico y endemoniado sistema. Pero tu misma has dicho que el sistema no favorece el desarrollo de hábitos saludables de alimentación. ¿Por qué entonces insistes en estar tan gorda? ¿Por qué haces que este gremio congénito propague, justamente, lo opuesto de aquello que defiendes desde tu parte más humana?. Congénita y endógena te haces llamar,pero dime mujer, ¿no es acaso la conexión con el mundo lo que más deseas? Tu oposición radical al sistema es resultado de la venganza que la experiencia en él te ha generado. Pero dime mujer, ¿es el desarrollo de este medio competente en términos económicos?, ponerse ahora a crear un dios y un nuevo sistema de castas. Es decir no lo rechazo abiertamente, cualquier forma de vida no es inherentemente rechazable. Lo que no me gusta, francamente, es tu actitud”. La palabra actitud reverberó en el ambiente como una burbuja que busca la duplicación en una fiesta de la espuma. La madre de todas las gordas noto una resonancia de esta última frase en su interior. <lo que no me gusta es tu actitud... actitud...actitud...>. De repente, todas las compuertas atascadas de su interior, salvadas por los candados que su defensiva visión del mundo habían resguardado a base de dogmatismo reforzado por el continuo consenso unánime del gremio de gordas, se abrieron de par en par empujadas por la divina luz que el apoyo de ese muchacho le había ocasionado. Los ojos de la madre de todas las gordas se tornaron azules y unas lágrimas de autoindulgencia reprimida brotaron en ellos. Entonces, bajó a los profundos compartimentos de sus emociones más escondidas al mismo tiempo que se transportó a su infancia, y con una sorpresiva, y hasta ahora nunca manifestada, madurez, fue testigo de su elaborado discernimiento entre los consejos y sabios reclamos de sus familiares y la arrogante contumacia en el constante hábito de su acumulación imperante de azúcares y lípidos saturados. Nunca antes se había visto como hasta ese momento, porque nunca antes se había permitido el beneficio de aquel compasivo allanamiento. La madre de todas las gordas se arrodilló, se desparramó como un asmático y acogió en el hueco más hondo de su costoso corazón toda la mierda acumulada en el filtro sin limpiar de la secadora no eficiente que tiene por objeto (de secar) el húmero pesar de madre y señor mío de su alma. El muchacho puso la mano en su cabeza y todas las alucinoides gordas del gremio de gordas, los cerdos voladores y la estelada presencia del dichoso dios lípidos desaparecieron con un golpe de gracia. El muchacho observó a la madre de todas las gordas, para lo cual se agachó hasta dejar ambas cabezas a la misma altura, y le dijo “ésta ha sido mi empresa y así la he llevado a cabo. Si tiene usted noción de alguna persona a su alrededor que se encuentre en la misma circunstancia le ruego que me lo haga saber”. La mujer no tenía medios para dar una respuesta inmediata, dada la necesidad que su mente tenía de reestructurar su visión según el nuevo criterio que le debía procurar la distinción de las redimensionadas categorías de realidad y ficción. “No se dé prisa” dijo el muchacho mientras le expedía una tarjeta “espero su colaboración y confío en la correspondiente iniciativa consecuente a su pronta clarividencia mental. Ahora usted está obnubilada, no se preocupe, es perfectamente normal”. Mientras hablaba se ponía un sombrero y un traje de cuero que un niño negro de diez años, vestido con unos viejos y sucios calzones, estaba sujetando a su lado desde el comienzo de todo el episodio referido en este relato. La gorda no se dió cuenta de su presencia hasta ese momento. La madre de todas las gordas miró al niño fijamente y el niño miró a la madre fijamente, ambos buscaban pasivamente una complicidad silente producto de una marginación que especulaban el uno en el otro. En esa mirada los sonidos de toda naturaleza y hasta la constancia del zumbido de la ciudad se extinguieron dejando lugar a la penetrante y básica inquietud de sus respectivas miradas. ¿Dónde estaban accediendo en esa sincrónica conexión el uno en el otro exactamente?. Nunca lo sabrían. “¡Chico!”. El niño negro despertó de su hipnotismo. “Te he pedido fuego tres veces, necesito un cigarrillo, ¿qué te pasa? ¡vamos! ¡larguémonos de aquí! Es hora de tomar el croissant con el café”. El muchacho andaba moviendo las llaves de su coche con la misma habilidad que un ruso una navaja rusa, un francés una francesa y un brasileño una brasileña (las navajas me refiero). La pareja se perdió en el contraluz del horizonte, dejando atrás un episodio en su vida y dando por hecho la buena ejecución de su empresa estatal. El muchacho le dijo al niño negro “no estoy muy contento con el actual estado de la nación, chico, pero cada cosa debe llevar su ritmo. Tómate este puro conmigo”. Mientras ambos se regodeaban en en el saciable, y pletórico a la vez que anodino, placer de diferentes reliquias terrenales producto de la explotación civil de la comunidad de origen del niño negro, la madre de todas las gordas seguía arrodillada en mitad de la calle, el crepúsculo naranja proyectaba una larga sombra tras ella. Miró fijamente la calurosa silueta de la pareja alejándose. Con el silencio propio de haber terminado una fase para empezar con el bautismo de otra, entre la bien manejada duda y la serenidad de haber hecho lo correcto pensó “¿Es esto otra trampa? ¿O es realmente el final del gremio de gordas?


25-6-13

No hay comentarios:

Publicar un comentario