viernes, 6 de septiembre de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
Com"penetrados" en la muerte
Hoy he escuchado un comentario que me ha hecho pensar tremendamente. Cuando morimos, si lo hacemos con una erección, la sangre se coagula y la erección perdura durante el resto de la desintegración de tu cuerpo. En el caso de los ahorcamientos este fenómeno es recurrente y no requiere excitación, puesto que al colgar al hombre de la cabeza toda la sangre baja con mucha presión a la parte inferior del cuerpo, por lo que muchos ahorcados mueren con una "pseudoerección". Inmediatamente después de escuchar este comentario me ha venido la potencial utilidad del fenómeno. Ahorcamientos en cadena, aprovechar la tumefacción del pene del ahorcado para atar una cuerda en él y ahorcar al siguiente.
miércoles, 26 de junio de 2013
LA MADRE DE TODAS LAS GORDAS
“Hola señorita ¿es usted la madre
de todas las gordas?”. La señora se encontraba sentada en un
holgado sofá en mitad de la calzada, con la ropa interior del mismo
color que su piel, como una barbie desnuda (por lo de la ausencia de
agujeros) en versión gorda. La señora examinó al muchacho de la
calle que le hizo la pregunta y contestó “¿Que si lo soy? Nuestro
gremio es tan nutritivo que no nos distinguimos del abono que nos
alimenta, es en sentido figurado. Quiero decir que nuestra congénita
tendencia a engordar y agruparnos como materia orgánica para formar
bolas gigantes de gordas por toda la ciudad ha llegado a causar tanto
calado entre la población que somos un prominente objeto de deseo
sexual para un incipiente sector poblacional, siempre que las
tendenciosos no continúen contaminando con sus clichés de belleza
preestablecidos. Todo a pesar de que nuestro desarrollo depende únicamente de un patrón endógeno”. Se pausó un segundo para
recuparar el pretexto de dicha divagación. Sacudió la cabeza y se
enderezó un poco más. “quiero decir, muchacho, que realmente
estoy apunto de ser abuela. Solo quería puntualizar”. “Oh,
señora, me alegro mucho por usted ¿Quién es el afortunado?”.
“¿El afortunado de qué aspecto? ¿A qué te refieres muchacho?”
“Me refiero, que quién es el padre”. “¡Inocente y maldito
pobre diablo!, ya te he dicho que tenemos una tendencia endógena.
Todas nosotras hemos sido tan rechazadas por la imperante hegemonía
del capitalismo que nos valemos como los tubérculos se valen por sí
mismos de la tierra para sobrevivir. ¡Nosotras las gordas somos
madres y padres de nosotras mismas”. “¿Hermafroditas?”. “No,
hemos compartimentado el organismo colectivo al que pertenecemos,
cinco de nosotras se encarga de la generación espontánea de
esperma”. “Pero ¿alguien sufre en el proceso? ¿se lo extraen a
los hombres?”. “¡Maldito gusano! Te he dicho que es de
generación espontánea. Lo único de lo que hacemos uso es de la
energía providencial que nos destina el dios lípidos ¡El santísimo
salvador de todas las gordas!”. La mujer se levantó de un salto
provocando una onda expansiva en toda su materia grasa, tal
convulsivo movimiento provocó el despertar y consecuente emanación
de su dios, que se manifestó con un rayo en el nublado cielo a la
vez que la madre de todas las gordas se levantó. El cabello se le erizó y sus verdes ojos se tornaron purpúreos. Miró fijamente al
muchacho, discurriendo por una constante corriente de maldad, sus
ojos estaban desorbitados, redirigiéndose hacia el mismo
indeterminado espacio que apuntarían en un ataque epiléptico. La
madre, y casi abuela de todas las gordas, se contraía en un proceso
visceral sin precedentes, como si acumulara gas de pedo en su
interior y el dolor de la tensión se manifestara en un terrible e
irreprimible ataque de intestino irritable que acabara por abducir a
la gorda y todo el espacio a su alrededor. Del cielo empezaron a
brotar cerdos voladores, navegando de nube en nube, testigos del
relevante cometido al que la gorda y su comunidad se prestaban. “¿Por
qué hacéis esto?” Gritó el muchacho entre una ventisca que interfería sus palabras y las arrastraba a las tornadizas
direcciones del viento como harían los puños del mejor boxeador del
planeta, padre de todos los boxeadores, un gremio masculinizado que
no se valdría de patrañas celestiales para su levantamiento como
comunidad <Tenemos dos puños y una polla> sería su eslogan.
De repente, el muchacho cogió un papel de dos metros y lo puso
enfrente de la gorda. La gorda reconoció ese maldito documento y eso
le contrajeron las tripas, lo cual la desequilibró y le hizo perder un
punto de apoyo. Era tan gorda que tenía seis puntos más, por lo que
no se cayó. “Esta es una copia maximizada de la constitución de
1978 y es tan legítima y justa como lo son las vitamina A,B,C y D”
entonces mostró un vote de vitaminas con la otra mano. El muchacho
parecía tremendamente elocuente a la par que energético, parecía
que estaba convenciendo a alguien para que no salte por el precipicio
o practicando el exorcismo a una vaca. Pero no era ninguno de esos
dos eventos. Era solamente él, la madre de todas las gordas, y el
mundo. El muchacho continuó con su discurso “Este papel tiene un
componente social y político sin precedentes, es producto de la
evolución idiosincrásica del ser humano como hombre pensante. En mi
otra mano tengo este vote de nutrientes no esenciales. Gracias a la
ciencia y nuestro desarrollo dependiente de la carrera evolutiva que
concierne tanto a la selección natural como cultural hemos podido
discriminar su importante papel en el mantenimiento de la salud del
individuo”. La madre de todas las gordas empezó a refunfuñar con
voz de tiburón de dibujo animado. “¡No me convencerás a asumir
tus despreciables postulados. La sociedad no es consecuente con la
supuesta adecuación de la aplicación de una dieta equilibrada, no
hay divulgación ni interés genuinos!”. El muchacho la miró
penetrando con su mirada más allá de las densas capas de grasa
hasta hacer mella en un alma despreciada y apartada. Dicha alma se
encontraba en una habitación hermética y acolchada, y apenas podía
respirar, dada la condición que hace a las obesas mórbidas obesas
mórbidas. Entonces empatizó con ella, arrojó la constitución y el
vote de vitaminas y se acercó a ella lentamente, como una impasible
niña haciendo un ecuánime esfuerzo por cuidar y acariciar a su
rabioso rottweiler mientras se come una barbie de su aglutinante
colección de barbies. Metáfora que inmediatamente nos hace rescatar
la analogía entre la barbie y la madre de todas las gordas, debido a
la ausencia de agujeros, que antes se mencionó, y que requeriría
una mayor inversión en mi precisión descriptiva el volver a
expresarla siendo fiel al mensaje inicial declarado y que en este
punto transciende, por su intrascendencia, de este lucrativo y
enriquecido hilo argumental. El muchacho tocó el hombro de la madre
de todas las gordas y concomitante a la inhibición del arousal
fisiológico de la madre el tempestuoso clima también se dirimió
hasta un estado atmosférico idóneo para la comunicación receptiva
y activa para este tipo de situaciones. Entonces el muchacho le dijo
“Te comprendo, no estás sola, solo eres una forma alternativa más
de este despótico y endemoniado sistema. Pero tu misma has dicho que
el sistema no favorece el desarrollo de hábitos saludables de
alimentación. ¿Por qué entonces insistes en estar tan gorda? ¿Por
qué haces que este gremio congénito propague, justamente, lo opuesto
de aquello que defiendes desde tu parte más humana?. Congénita y
endógena te haces llamar,pero dime mujer, ¿no es acaso la conexión
con el mundo lo que más deseas? Tu oposición radical al sistema es
resultado de la venganza que la experiencia en él te ha generado.
Pero dime mujer, ¿es el desarrollo de este medio competente en
términos económicos?, ponerse ahora a crear un dios y un nuevo
sistema de castas. Es decir no lo rechazo abiertamente, cualquier
forma de vida no es inherentemente rechazable. Lo que no me gusta,
francamente, es tu actitud”. La palabra actitud reverberó en el
ambiente como una burbuja que busca la duplicación en una fiesta de
la espuma. La madre de todas las gordas noto una resonancia de esta
última frase en su interior. <lo que no me gusta es tu actitud...
actitud...actitud...>. De repente, todas las compuertas atascadas
de su interior, salvadas por los candados que su defensiva visión
del mundo habían resguardado a base de dogmatismo reforzado por el continuo consenso unánime del gremio de gordas, se abrieron de par en
par empujadas por la divina luz que el apoyo de ese muchacho le había
ocasionado. Los ojos de la madre de todas las gordas se tornaron
azules y unas lágrimas de autoindulgencia reprimida brotaron en
ellos. Entonces, bajó a los profundos compartimentos de sus
emociones más escondidas al mismo tiempo que se transportó a su
infancia, y con una sorpresiva, y hasta ahora nunca manifestada,
madurez, fue testigo de su elaborado discernimiento entre los
consejos y sabios reclamos de sus familiares y la arrogante
contumacia en el constante hábito de su acumulación imperante de
azúcares y lípidos saturados. Nunca antes se había visto como hasta
ese momento, porque nunca antes se había permitido el beneficio de
aquel compasivo allanamiento. La madre de todas las gordas se
arrodilló, se desparramó como un asmático y acogió en el hueco
más hondo de su costoso corazón toda la mierda acumulada en el
filtro sin limpiar de la secadora no eficiente que tiene por objeto
(de secar) el húmero pesar de madre y señor mío de su alma. El
muchacho puso la mano en su cabeza y todas las alucinoides gordas del
gremio de gordas, los cerdos voladores y la estelada presencia del
dichoso dios lípidos desaparecieron con un golpe de gracia. El
muchacho observó a la madre de todas las gordas, para lo cual se
agachó hasta dejar ambas cabezas a la misma altura, y le dijo “ésta
ha sido mi empresa y así la he llevado a cabo. Si tiene usted noción
de alguna persona a su alrededor que se encuentre en la misma
circunstancia le ruego que me lo haga saber”. La mujer no tenía
medios para dar una respuesta inmediata, dada la necesidad que su
mente tenía de reestructurar su visión según el nuevo criterio que
le debía procurar la distinción de las redimensionadas categorías
de realidad y ficción. “No se dé prisa” dijo el muchacho
mientras le expedía una tarjeta “espero su colaboración y confío
en la correspondiente iniciativa consecuente a su pronta
clarividencia mental. Ahora usted está obnubilada, no se preocupe,
es perfectamente normal”. Mientras hablaba se ponía un sombrero y
un traje de cuero que un niño negro de diez años, vestido con unos
viejos y sucios calzones, estaba sujetando a su lado desde el
comienzo de todo el episodio referido en este relato. La gorda no se
dió cuenta de su presencia hasta ese momento. La madre de todas las
gordas miró al niño fijamente y el niño miró a la madre
fijamente, ambos buscaban pasivamente una complicidad silente
producto de una marginación que especulaban el uno en el otro. En
esa mirada los sonidos de toda naturaleza y hasta la constancia del
zumbido de la ciudad se extinguieron dejando lugar a la penetrante y
básica inquietud de sus respectivas miradas. ¿Dónde estaban
accediendo en esa sincrónica conexión el uno en el otro
exactamente?. Nunca lo sabrían. “¡Chico!”. El niño negro
despertó de su hipnotismo. “Te he pedido fuego tres veces,
necesito un cigarrillo, ¿qué te pasa? ¡vamos! ¡larguémonos de
aquí! Es hora de tomar el croissant con el café”. El muchacho
andaba moviendo las llaves de su coche con la misma habilidad que un
ruso una navaja rusa, un francés una francesa y un brasileño una
brasileña (las navajas me refiero). La pareja se perdió en el
contraluz del horizonte, dejando atrás un episodio en su vida y
dando por hecho la buena ejecución de su empresa estatal. El
muchacho le dijo al niño negro “no estoy muy contento con el
actual estado de la nación, chico, pero cada cosa debe llevar su
ritmo. Tómate este puro conmigo”. Mientras ambos se regodeaban en
en el saciable, y pletórico a la vez que anodino, placer de
diferentes reliquias terrenales producto de la explotación civil de
la comunidad de origen del niño negro, la madre de todas las gordas
seguía arrodillada en mitad de la calle, el crepúsculo naranja
proyectaba una larga sombra tras ella. Miró fijamente la calurosa
silueta de la pareja alejándose. Con el silencio propio de haber
terminado una fase para empezar con el bautismo de otra, entre la
bien manejada duda y la serenidad de haber hecho lo correcto pensó
“¿Es esto otra trampa? ¿O es realmente el final del gremio de
gordas?
25-6-13
sábado, 8 de junio de 2013
Prevención terciaria en el litoral
Uno siente la inseguridad de saber que no han pasado dos horas desde que se comió. Uno quiere ir a la playa y bañarse, el agua está bastante fría. Uno se siente seguro porque va acompañado. "si me da un corte de digestión entonces alguien me sacará del agua antes de que me ahogue", piensa el hombre, "solo tengo que estar serio mientras me meto al agua para que cuando caiga el resto no piense que es una broma y al final todo se jorobe". Sabiendo que se ha comido con las personas con las que uno se va a bañar, cabe la posibilidad de que a todos los que van al agua les de un corte de digestión a la misma vez, y nadie salve a nadie. Este es un miedo bastante fundamentado, si la comilona ha sido lo suficientemente abundante y el contraste del calor de fuera con el de dentro del agua es suficientemente grande, esta combinación de factores puede convertirse en una causa bastante potencial, incluso determinante de ocasionar un corte de digestión grupal. Piénsalo antes de ir a la playa. (Viva la prevención terciaria)
sábado, 1 de junio de 2013
UN INFIERNO ES UN CHORIZO
Al final morirá atragantado.
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