viernes, 22 de julio de 2016

LOS EXTRAÑOS OBJETOS FRUTALES DE SANTIAGO

La noche era oscura y algo nublosa, mi atención estaba más flotante de lo normal
y pese a todo lo que comimos la digestión parecía no resentirse.

Caminábamos por una de las calles de zona vieja de Santiago. La niebla podía discernirse a lo lejos contenida en la espesura de los callejones y atrapada por los contornos de la luz ocre de las farolas.

Paramos entonces enfrente de una frutería cerrada y ocurrió el extraño fenómeno; unos objetos frutales se mostraban con cierto protagonismo por el escaparate acolchados sobre naranjas y manzanas verdes. 

He aquí una muestra visual tomada con mi móvil:


¿Qué diantres era eso? ¿Se trataba de una broma macabra y alguna cámara oculta nos filmaba desde la niebla?. Todos nos miramos atónitos, intentando formular hipótesis espontáneas que nos permitieran dar una explicación que atenuara al menos esa implacable desazón.

Inmediatamente nos relajamos, todos condescendimos con una complicidad tácita que de pronto se tornó como evidente: todos los presentes éramos del este de la Península y allá, por la costa litoral, no se encontraban estas protuberancias macabras. "Debe ser algo normal por estas tierras" pensé.

―Debe tratarse de una especie de kiwi― dijo una de mis compañeras― por su textura aterciopelada yo diría que son kiwis alargados. 
― A mí no me parecen kiwis ―dijo otra de mis compañeras― más bien diría que se trata de morcillas veganas.
―¿Bromeáis? ―saltó mi tercer compañero― sin duda debe tratarse de zurullos, son cacas de alguna especie gigante de animal cuyas deposiciones deben ser un manjar por estas tierras. Quizás sus propiedades nutricionales te hagan más tolerante a la humedad.
― ¿Quién sabe? ―dije yo
― Sí, quien sabe ― asintieron todos a la vez que empezábamos a dar menos importancia al tema.

De pronto, sentí miedo de mis propios pensamientos.
"Claro. Ya sé lo que es". Todo lo indicaba por este ambiente siniestro.
Debíamos andarnos con mucho ojo. 
De repente, el silencio se tornó espectral y tuve una necesidad urgente de volver al hotel.
Se trataba de penes de peregrinos. En ese momento tuve una contracción lingüística, seguramente ya tengan hasta su propio nombre: penegrinos. 

Durante nuestra breve, y casi finalizada, estancia en Compostela había notado una actitud poco acogedora por parte de la gente de aquí. Bueno, permitidme matizar, todo era sumamente cordial. Días anteriores yo no quería comentar estas impresiones con mis compañeros. Es como si no fuéramos bienvenidos, pero a la vez como si todos tuvieran un notable interés por hacernos sentir reconfortantes. Pero mis sospechas llegaron a ser verbalizadas en algún momento a mis compañeros. "Ese es el carácter de los gallegos" contestó uno de ellos. "Lo llaman retranca" contestó otra compañera que había vivido una temporada por el norte de la región. 

Debían atrapar a unos pocos azarosamente, de aquellos indocumentados que deciden emprender este camino y que nada les ata atrás. Por la noche debían cortar sus penes, macerarlos y curtirlos con piel de kiwi para despistar a los confiados. 

Me imaginé el dolor que pudieron soportar algunos como nosotros. Parecía algo insólito. Si esto era cierto, ¿por qué no se manifestó ya algún tipo de alarma social?. Solo dentro de esta cesta había como diez penegrinos. ¡Algunos podrían ser incluso de niños!.

―Bueno, ¿seguimos?―dijo una de mis compañeras ajena a la gravedad de mis reflexiones y señalando una de las calles que llevaba a la plaza de Cervantes.

Todos se apresuraron en seguir el camino.

Yo debía encontrar la manera de que regresáramos al hotel cuanto antes...

22/7/16

martes, 8 de abril de 2014

Las aventuras de los seguidores del Rayo Vayecano - ejercicio

Finalmente el Real Murcia consiguió ganar el partido contra el Real Cartagena y en la puerta del estadio se congregaron la totalidad de sus seguidores más afanados, entre los que nos encontrábamos camuflados. Dicha circunstancia, en la que nosotros cuatro, como seguidores ecuánimes del Rayo Vallecano, debíamos impedir toda manifestación de nuestra pasión, resultó, una vez que se vió prolongada durante un largo tiempo, complicada, dada la tendencia por nuestra parte de condescender con ese incomedido sentimiento de ultraje, potenciado éste por un continuo impelimento de nuestra identidad grupal; la incondicional aversión a todo proselitismo, ya sea al Real Murcia o cualquier otro partido o congregación que no derivaran directamente del Rayo Vallecano; y los continuos pisotones con esparto de los seguidores del Real Murcia. Pero no todo resultó, al final, necesariamente negativo. Dicha regulación encubierta de nuestra empresa nos permitió percatarnos sucesivamente de ciertas peculiaridades endogrupales de las que no habíamos caído en cuenta, dada la ajetreada tendencia del tiempo moderno a acelerar la actividad civil, y las pocas oportunidades, que por ello, habíamos tenido de poder disfrutar del sosiego de un espacio de privacidad. Sin embargo, la multitud coreaba clamorosamente los cánticos generacionales de la victoria y los individuos retozaban los unos con los otros como perros, o gorilas, en una fase prefecunda. Y fue ahí cuando nos percatamos de que un hombre que ostentaba una pieza de plástico con forma de pene, pero que lejos de la propia representación figurativa pretendía usar con una mera función megafónica, comenzó a dirigir célebres frases al colectivo, para algunos advenidas al caso como aforismos comodines que nunca fallan; “viva el Real Murcia”, “viva la madre que nos parió”, “ole, ole y ole”. Tras lo cual la masa vitoreaba tras cada una de las frases emitidas . Pero para nuestro bienestar grupal, dicha circunstancia y elevación de la intensidad de la ceremonia, solamente consiguió ponernos más nerviosos, además de procurarnos una indigestión cognitiva, que en el caso de Leopoldo le llevó a un estado catatónico del cual salió una vez los basureros, a las tres horas, ya habían recogido la mitad de los residuos ceremoniales, y el resto de nosotros había salido del ratio carismático que caracteriza a Murcia. No sin antes, por supuesto, haber empaquetado unos cuantos pasteles murcianos para nuestros antecesores familiares. Pero en aquel momento de jolgorio sin parangón, cierto es que nos sentimos completamente bloqueados, tal como declaramos en aquel informe que a los cuatro días suscribimos decretando que no volveríamos a hablar del asunto. Consienta usted esta disensión, dados los márgenes extravivenciales en los cuales el contrato de nuestra relación está enmarcada. El caso es que nos sentíamos bloqueados, no sabíamos cómo comenzar, cómo elaborar nuestra misión, habíamos perdido todo propósito pese a la esclarecedora sencillez de la operación y las precisas directrices que el heladero del callejón consiguió transmitirnos. En aquel momento, dichos propósitos de nuestra empresa se desplazaron a un lugar desconocido hasta entonces por nuestra conciencia, experimentamos el hosco emplazamiento de la agnosia, incluso un sentimiento acuciante de muerte. Mientras que, insisto en este punto, estábamos completamente rodeados por Murcianos absortos que coreando el himno de su victoria, y que tenía un efecto agonizante y estertoroso en todos nosotros, más acuciante aún dada la necesidad de ocultación. Y aunque habíamos olvidado el motivo por el que habíamos partido, le digo yo, que todos entendíamos en ese momento la fútil insignificancia de un espermatozoide y la sobrecarga que puede llegar a experimentar cuando se encuentra en la tesitura de tener que ir para el lado izquierdo o el derecho. Sí, me refiero a las depuestas trompas de falopio y no a los testículos; puesto que si el espermatozoide se viera en la tesitura de elegir cual será la cuna depositoria de su efímera existencia, sería esto una cuestión de tal calado existencial, que pese a su relevancia, acabaría por ser tan gastada como; “¿si dios lo hizo todo, quién hizo a dios?”, o el caso de esta otra, más sutil y por ello más perniciosa; ”señor, ¿es normal que tienda a descalificar a la mantis religiosa por su escabrosa forma de vida?, ¿no es acaso esto el atisbo de un mensaje divino, o el canal que nuestro señor usa, para decirnos que el sexo está mal, tal como chuparse el dedo de pequeño por el verificado desvío de molares que ocasiona?”.
Estábamos nosotros alcanzando una perfecta entelequia de nuestra crisis, cuando Leopoldo, sin salir de su estado catatónico dijo;
No soy capaz de entender por qué estamos aquí, me siento perdido, y también desconsolado.
Dicha concienciación, pese a la evidente espasmosidad sostenida de Leopoldo, me permitió reaccionar súbitamente y desligarme de esta especie de estupor en el que como grupo nos estábamos sumiendo. El resto de los componentes del grupo seguían en estado de estupor mirando al cielo y realizando unos sonidos guturales ininteligibles pero que poco a poco comencé a discriminar como hipnos cánticos del Rayo Vallecano Dicha apreciación me incitó a actuar de manera apremiante, puesto que si solamente un Murciano se percataba del contenido de dichos anunciamientos alienantes; nuestra misión se vería completamente fracasada. Al final opté por sacarme la cuca y orinar en los pies de mis compañeros, lo cual les permitió volver a conectar con los parámetros más normalizados de la realidad.
¿Qué ha pasado? ─dijo José─ ¿dónde he estado?¿por qué me has meado?
Ahora da igual ─comencé a exponer─ las respuestas irán surgiendo en el debido tiempo. Resituaos, y simplemente entended que este paréntesis, o lapsus, debe tener alguna explicación racional. Simplemente ahora no es el momento de detenerse, si así sucede, nuestra misión fracasará. Por ello os insto encarecidamente a que recordéis nuestro compartido cometido. Y respecto a lo de la orina; es consabido que en momentos desesperados mear en el pie resuelve toda situación desregularizada; tal es lo que quedó implícito en el imaginario colectivo de nuestra particular generación gracias a el sorpresivo episodio de “Friends” en el que a Joey le picaba una medusa.
No sé si es normal ─reflexionó José─ pero siento que tengo gran capacidad para entender en este momento todos los misterios e inquietudes que puedan ser planteados, siento que he conectado con la raíz más trascendente del problema humano.
No recuerdas dónde has estado, pero todavía preservas la sensación residual resultado de la potente sugestión de la crisis existencial. Y es normal que no hayas sido capaz de salvaguardar la memoria de todo lo acontecido. No debe ser esto motivo de escarnio ni debe retrotraerte a las afrentas del jardín de infancia. Es normal que olvides, tu viaje fue tan intenso que ha resultado ser incontenible para tu conciencia; insoportable para la levedad de tu sistemático discurrir cognitivo, curtido de tal modo en parte por los reforzantes beneficios del fútbol y el azúcar refinado.
lo que dices ─se tocó la frente─ ¿debe hacernos perder el control, la coherencia?¿debo dejar de amar al equipo?
No ─reflexioné dos seguidos con el motivo de hacerme entender de la manera más taxativa posible y pasar página sobre el dichoso e impertinente problema de la alienación espontánea; ya sé yo que adentrarnos en una horda como la del Real Murcia iba a ocasionar de sobremanera un contraste con nuestra identidad social, pero ya los riesgos están asumidos y ahora debemos tirar para alante─ Debemos ser meditativos, observarnos a nosotros mismos con perspectiva y distancia precisa, discernir la solemne verborrea y la acción noble de las quejas subcorticales, primitivas y vulnerantes que puedan surgir en episodios críticos de nuestra vida, pero cuya emergencia debe permitirnos recordar los principios por los que nos movemos; reafirmarnos en el pasado y saber que toda divagación malograda es solo propia de espiritualistas perroflautas y alternativos de poca monda que no quieren pagar los impuestos de los fármacos que mantienen a nuestra prole tranquila.
¡La tesitura!¡el espermatozoide!─se tiró de los pelos─ ¡ese abismal dilema! !el camino de la nada, Pedro!
¡Vas a llamar la atención! ─tuve que optar por propinarle dos guantazos ─ya estás fecundado, José, ¡deja de tocarme las pelotas y vuelve a la realidad!
Es que...
He dicho que ya estás fecundado, dejaste hace muchos años atrás tu forma de vida espermatológica, ¡ahora eres un seguidor del Rayo Vallecano!
Yo...─ José proyectó los ojos al cielo, y los cánticos del colectivo se nos hicieron más notables. Poco a poco condescendimos con una serena y concienzuda toma de tierra. Como ya quedó sabido, fue Leopoldo el único que no pudo salir del inesperado estado catatónico en el que quedó. Pero muy lejos de resultarnos preocupante, obtuvimos José y yo un gratificante desahogo al poder prescindir de sus continuos antojos y poder centrarnos en nuestro objetivo.
Los bramidos y la estridente celebración de los murcianos era lo que seguramente había ocasionado nuestra crisis pasajera. Pero lejos de ahondar en este tema, decidí emplazarlo para otra ocasión. José y yo nos miramos a los ojos, nos cogimos las manos durante contenidos segundos, y sentimos la unívoca necesidad de empezar a llevar a acabo un adecuado escrutinio del colectivo para alcanzar la consecución de nuestro logro. Y sí, no había más opción, era en ese momento o ya no era nunca más. Debíamos hacernos con la identidad real del misterioso afiliado de nuestro equipo natal; Arrugas Melos.
Los siguientes pasos no fueron complicados, todo se desarrolló por sí mismo y cada paso llevó necesariamente al siguiente. La verdad es que no hizo falta profundizar mucho en el espionaje para saber que el carismático Arrugas Melos se hacía llamar Micondo Tretis en el Real Murcia. Dado que en la celebración de la victoria, en un sector más conservador de la horda de seguidores, todos los viejos y viejas, niños y preñadas rezaban alrededor de la escultura que representaba nuestro objeto de búsqueda. La escultura estaba hecha de plata, con sumo detalle y perfeccionismo, y alzaba una de sus manos mirando al cielo con unos ojos entreabiertos que le glorificaban mientras ascendía a una especie de nirvana. De su boca salía un fino bocadillo, también logrado con plata, del cual podía leerse la frase, efectuada con incisiones seguramente antes de que la plata quedara completamente enfriada; “acho que calor”. Según nos informó un hombre semiposeído por la plegaria colectiva, que se encontraba de rodillas llorando y bebiendo calimocho, el llamado Micondo Tretis había ejercido de guía de las almas perdidas y que todos lo que allí se encontraban vivían, hasta su aparición, malamente en la intemperie.
Él nos inculcó con sutileza y retórica las reconfortantes ventajas del fanatismo. Nos explicó las reglas del deporte futbolístico y nos enseño lo que es un fuera de juego, el significado de la palabra árbitro, y la verdad, poco más.
¿Por eso lo veneráis de ese modo? ─le dije movido por una curiosidad innata.
No necesitarías enseñarle a un fumeta las propiedades del cannabis, ¿verdad?. Puede, en todo caso, que él lo busque por aburrimiento o inducido por una hipotonía que le impida levantarse de la cama, pero que despierte la curiosidad de usar el ordenador que habita en su lecho como la jeringuilla de un diabético. Pero aquí, en este club, nunca jamás nos aburrimos.
Andrés ─me susurró Jorge─ ha dicho diabético.
Lo sé, pero no es momento de hablar sobre la etimología de la palabra. Aunque, pensándolo bien, pudiera ser que en un momento desesperado, criticar la constitución de la diabetes a través de una inducción planetaria procurada por una conspiración del País Vasco, y más concretamente el Betis, sería una oportunidad perfecta para estimular con los murcianos una confianza que pueda ponerse en entredicho, y ya de paso endosar a esos malditos cerdos del Betis un buen hostigamiento del que no tengan ya valor de desquitarse. Pero no quisiera adelantar acontecimientos, José

¿De qué habláis? ─el calimochero nos miró estupefacto, y a la vez distraído, impelido por un rítmico son al que los seguidores coreaban frente a la escultura de Micondo Tretris.

8-4-14

sábado, 6 de julio de 2013

Com"penetrados" en la muerte

Hoy he escuchado un comentario que me ha hecho pensar tremendamente. Cuando morimos, si lo hacemos con una erección, la sangre se coagula y la erección perdura durante el resto de la desintegración de tu cuerpo. En el caso de los ahorcamientos este fenómeno es recurrente y no requiere excitación, puesto que al colgar al hombre de la cabeza toda la sangre baja con mucha presión a la parte inferior del cuerpo, por lo que muchos ahorcados mueren con una "pseudoerección". Inmediatamente después de escuchar este comentario me ha venido la potencial utilidad del fenómeno. Ahorcamientos en cadena, aprovechar la tumefacción del pene del ahorcado para atar una cuerda en él y ahorcar al siguiente.

miércoles, 26 de junio de 2013

LA MADRE DE TODAS LAS GORDAS

“Hola señorita ¿es usted la madre de todas las gordas?”. La señora se encontraba sentada en un holgado sofá en mitad de la calzada, con la ropa interior del mismo color que su piel, como una barbie desnuda (por lo de la ausencia de agujeros) en versión gorda. La señora examinó al muchacho de la calle que le hizo la pregunta y contestó “¿Que si lo soy? Nuestro gremio es tan nutritivo que no nos distinguimos del abono que nos alimenta, es en sentido figurado. Quiero decir que nuestra congénita tendencia a engordar y agruparnos como materia orgánica para formar bolas gigantes de gordas por toda la ciudad ha llegado a causar tanto calado entre la población que somos un prominente objeto de deseo sexual para un incipiente sector poblacional, siempre que las tendenciosos no continúen contaminando con sus clichés de belleza preestablecidos. Todo a pesar de que nuestro desarrollo depende únicamente de un patrón endógeno”. Se pausó un segundo para recuparar el pretexto de dicha divagación. Sacudió la cabeza y se enderezó un poco más. “quiero decir, muchacho, que realmente estoy apunto de ser abuela. Solo quería puntualizar”. “Oh, señora, me alegro mucho por usted ¿Quién es el afortunado?”. “¿El afortunado de qué aspecto? ¿A qué te refieres muchacho?” “Me refiero, que quién es el padre”. “¡Inocente y maldito pobre diablo!, ya te he dicho que tenemos una tendencia endógena. Todas nosotras hemos sido tan rechazadas por la imperante hegemonía del capitalismo que nos valemos como los tubérculos se valen por sí mismos de la tierra para sobrevivir. ¡Nosotras las gordas somos madres y padres de nosotras mismas”. “¿Hermafroditas?”. “No, hemos compartimentado el organismo colectivo al que pertenecemos, cinco de nosotras se encarga de la generación espontánea de esperma”. “Pero ¿alguien sufre en el proceso? ¿se lo extraen a los hombres?”. “¡Maldito gusano! Te he dicho que es de generación espontánea. Lo único de lo que hacemos uso es de la energía providencial que nos destina el dios lípidos ¡El santísimo salvador de todas las gordas!”. La mujer se levantó de un salto provocando una onda expansiva en toda su materia grasa, tal convulsivo movimiento provocó el despertar y consecuente emanación de su dios, que se manifestó con un rayo en el nublado cielo a la vez que la madre de todas las gordas se levantó. El cabello se le erizó y sus verdes ojos se tornaron purpúreos. Miró fijamente al muchacho, discurriendo por una constante corriente de maldad, sus ojos estaban desorbitados, redirigiéndose hacia el mismo indeterminado espacio que apuntarían en un ataque epiléptico. La madre, y casi abuela de todas las gordas, se contraía en un proceso visceral sin precedentes, como si acumulara gas de pedo en su interior y el dolor de la tensión se manifestara en un terrible e irreprimible ataque de intestino irritable que acabara por abducir a la gorda y todo el espacio a su alrededor. Del cielo empezaron a brotar cerdos voladores, navegando de nube en nube, testigos del relevante cometido al que la gorda y su comunidad se prestaban. “¿Por qué hacéis esto?” Gritó el muchacho entre una ventisca que interfería sus palabras y las arrastraba a las tornadizas direcciones del viento como harían los puños del mejor boxeador del planeta, padre de todos los boxeadores, un gremio masculinizado que no se valdría de patrañas celestiales para su levantamiento como comunidad <Tenemos dos puños y una polla> sería su eslogan. De repente, el muchacho cogió un papel de dos metros y lo puso enfrente de la gorda. La gorda reconoció ese maldito documento y eso le contrajeron las tripas, lo cual la desequilibró y le hizo perder un punto de apoyo. Era tan gorda que tenía seis puntos más, por lo que no se cayó. “Esta es una copia maximizada de la constitución de 1978 y es tan legítima y justa como lo son las vitamina A,B,C y D” entonces mostró un vote de vitaminas con la otra mano. El muchacho parecía tremendamente elocuente a la par que energético, parecía que estaba convenciendo a alguien para que no salte por el precipicio o practicando el exorcismo a una vaca. Pero no era ninguno de esos dos eventos. Era solamente él, la madre de todas las gordas, y el mundo. El muchacho continuó con su discurso “Este papel tiene un componente social y político sin precedentes, es producto de la evolución idiosincrásica del ser humano como hombre pensante. En mi otra mano tengo este vote de nutrientes no esenciales. Gracias a la ciencia y nuestro desarrollo dependiente de la carrera evolutiva que concierne tanto a la selección natural como cultural hemos podido discriminar su importante papel en el mantenimiento de la salud del individuo”. La madre de todas las gordas empezó a refunfuñar con voz de tiburón de dibujo animado. “¡No me convencerás a asumir tus despreciables postulados. La sociedad no es consecuente con la supuesta adecuación de la aplicación de una dieta equilibrada, no hay divulgación ni interés genuinos!”. El muchacho la miró penetrando con su mirada más allá de las densas capas de grasa hasta hacer mella en un alma despreciada y apartada. Dicha alma se encontraba en una habitación hermética y acolchada, y apenas podía respirar, dada la condición que hace a las obesas mórbidas obesas mórbidas. Entonces empatizó con ella, arrojó la constitución y el vote de vitaminas y se acercó a ella lentamente, como una impasible niña haciendo un ecuánime esfuerzo por cuidar y acariciar a su rabioso rottweiler mientras se come una barbie de su aglutinante colección de barbies. Metáfora que inmediatamente nos hace rescatar la analogía entre la barbie y la madre de todas las gordas, debido a la ausencia de agujeros, que antes se mencionó, y que requeriría una mayor inversión en mi precisión descriptiva el volver a expresarla siendo fiel al mensaje inicial declarado y que en este punto transciende, por su intrascendencia, de este lucrativo y enriquecido hilo argumental. El muchacho tocó el hombro de la madre de todas las gordas y concomitante a la inhibición del arousal fisiológico de la madre el tempestuoso clima también se dirimió hasta un estado atmosférico idóneo para la comunicación receptiva y activa para este tipo de situaciones. Entonces el muchacho le dijo “Te comprendo, no estás sola, solo eres una forma alternativa más de este despótico y endemoniado sistema. Pero tu misma has dicho que el sistema no favorece el desarrollo de hábitos saludables de alimentación. ¿Por qué entonces insistes en estar tan gorda? ¿Por qué haces que este gremio congénito propague, justamente, lo opuesto de aquello que defiendes desde tu parte más humana?. Congénita y endógena te haces llamar,pero dime mujer, ¿no es acaso la conexión con el mundo lo que más deseas? Tu oposición radical al sistema es resultado de la venganza que la experiencia en él te ha generado. Pero dime mujer, ¿es el desarrollo de este medio competente en términos económicos?, ponerse ahora a crear un dios y un nuevo sistema de castas. Es decir no lo rechazo abiertamente, cualquier forma de vida no es inherentemente rechazable. Lo que no me gusta, francamente, es tu actitud”. La palabra actitud reverberó en el ambiente como una burbuja que busca la duplicación en una fiesta de la espuma. La madre de todas las gordas noto una resonancia de esta última frase en su interior. <lo que no me gusta es tu actitud... actitud...actitud...>. De repente, todas las compuertas atascadas de su interior, salvadas por los candados que su defensiva visión del mundo habían resguardado a base de dogmatismo reforzado por el continuo consenso unánime del gremio de gordas, se abrieron de par en par empujadas por la divina luz que el apoyo de ese muchacho le había ocasionado. Los ojos de la madre de todas las gordas se tornaron azules y unas lágrimas de autoindulgencia reprimida brotaron en ellos. Entonces, bajó a los profundos compartimentos de sus emociones más escondidas al mismo tiempo que se transportó a su infancia, y con una sorpresiva, y hasta ahora nunca manifestada, madurez, fue testigo de su elaborado discernimiento entre los consejos y sabios reclamos de sus familiares y la arrogante contumacia en el constante hábito de su acumulación imperante de azúcares y lípidos saturados. Nunca antes se había visto como hasta ese momento, porque nunca antes se había permitido el beneficio de aquel compasivo allanamiento. La madre de todas las gordas se arrodilló, se desparramó como un asmático y acogió en el hueco más hondo de su costoso corazón toda la mierda acumulada en el filtro sin limpiar de la secadora no eficiente que tiene por objeto (de secar) el húmero pesar de madre y señor mío de su alma. El muchacho puso la mano en su cabeza y todas las alucinoides gordas del gremio de gordas, los cerdos voladores y la estelada presencia del dichoso dios lípidos desaparecieron con un golpe de gracia. El muchacho observó a la madre de todas las gordas, para lo cual se agachó hasta dejar ambas cabezas a la misma altura, y le dijo “ésta ha sido mi empresa y así la he llevado a cabo. Si tiene usted noción de alguna persona a su alrededor que se encuentre en la misma circunstancia le ruego que me lo haga saber”. La mujer no tenía medios para dar una respuesta inmediata, dada la necesidad que su mente tenía de reestructurar su visión según el nuevo criterio que le debía procurar la distinción de las redimensionadas categorías de realidad y ficción. “No se dé prisa” dijo el muchacho mientras le expedía una tarjeta “espero su colaboración y confío en la correspondiente iniciativa consecuente a su pronta clarividencia mental. Ahora usted está obnubilada, no se preocupe, es perfectamente normal”. Mientras hablaba se ponía un sombrero y un traje de cuero que un niño negro de diez años, vestido con unos viejos y sucios calzones, estaba sujetando a su lado desde el comienzo de todo el episodio referido en este relato. La gorda no se dió cuenta de su presencia hasta ese momento. La madre de todas las gordas miró al niño fijamente y el niño miró a la madre fijamente, ambos buscaban pasivamente una complicidad silente producto de una marginación que especulaban el uno en el otro. En esa mirada los sonidos de toda naturaleza y hasta la constancia del zumbido de la ciudad se extinguieron dejando lugar a la penetrante y básica inquietud de sus respectivas miradas. ¿Dónde estaban accediendo en esa sincrónica conexión el uno en el otro exactamente?. Nunca lo sabrían. “¡Chico!”. El niño negro despertó de su hipnotismo. “Te he pedido fuego tres veces, necesito un cigarrillo, ¿qué te pasa? ¡vamos! ¡larguémonos de aquí! Es hora de tomar el croissant con el café”. El muchacho andaba moviendo las llaves de su coche con la misma habilidad que un ruso una navaja rusa, un francés una francesa y un brasileño una brasileña (las navajas me refiero). La pareja se perdió en el contraluz del horizonte, dejando atrás un episodio en su vida y dando por hecho la buena ejecución de su empresa estatal. El muchacho le dijo al niño negro “no estoy muy contento con el actual estado de la nación, chico, pero cada cosa debe llevar su ritmo. Tómate este puro conmigo”. Mientras ambos se regodeaban en en el saciable, y pletórico a la vez que anodino, placer de diferentes reliquias terrenales producto de la explotación civil de la comunidad de origen del niño negro, la madre de todas las gordas seguía arrodillada en mitad de la calle, el crepúsculo naranja proyectaba una larga sombra tras ella. Miró fijamente la calurosa silueta de la pareja alejándose. Con el silencio propio de haber terminado una fase para empezar con el bautismo de otra, entre la bien manejada duda y la serenidad de haber hecho lo correcto pensó “¿Es esto otra trampa? ¿O es realmente el final del gremio de gordas?


25-6-13

sábado, 8 de junio de 2013

Prevención terciaria en el litoral

Uno siente la inseguridad de saber que no han pasado dos horas desde que se comió. Uno quiere ir a la playa y bañarse, el agua está bastante fría. Uno se siente seguro porque va acompañado. "si me da un corte de digestión entonces alguien me sacará del agua antes de que me ahogue", piensa el hombre, "solo tengo que estar serio mientras me meto al agua para que cuando caiga el resto no piense que es una broma y al final todo se jorobe". Sabiendo que se ha comido con las personas con las que uno se va a bañar, cabe la posibilidad de que a todos los que van al agua les de un corte de digestión a la misma vez, y nadie salve a nadie. Este es un miedo bastante fundamentado, si la comilona ha sido lo suficientemente abundante y el contraste del calor de fuera con el de dentro del agua es suficientemente grande, esta combinación de factores puede convertirse en una causa bastante potencial, incluso determinante de ocasionar un corte de digestión grupal. Piénsalo antes de ir a la playa. (Viva la prevención terciaria)