viernes, 22 de julio de 2016

LOS EXTRAÑOS OBJETOS FRUTALES DE SANTIAGO

La noche era oscura y algo nublosa, mi atención estaba más flotante de lo normal
y pese a todo lo que comimos la digestión parecía no resentirse.

Caminábamos por una de las calles de zona vieja de Santiago. La niebla podía discernirse a lo lejos contenida en la espesura de los callejones y atrapada por los contornos de la luz ocre de las farolas.

Paramos entonces enfrente de una frutería cerrada y ocurrió el extraño fenómeno; unos objetos frutales se mostraban con cierto protagonismo por el escaparate acolchados sobre naranjas y manzanas verdes. 

He aquí una muestra visual tomada con mi móvil:


¿Qué diantres era eso? ¿Se trataba de una broma macabra y alguna cámara oculta nos filmaba desde la niebla?. Todos nos miramos atónitos, intentando formular hipótesis espontáneas que nos permitieran dar una explicación que atenuara al menos esa implacable desazón.

Inmediatamente nos relajamos, todos condescendimos con una complicidad tácita que de pronto se tornó como evidente: todos los presentes éramos del este de la Península y allá, por la costa litoral, no se encontraban estas protuberancias macabras. "Debe ser algo normal por estas tierras" pensé.

―Debe tratarse de una especie de kiwi― dijo una de mis compañeras― por su textura aterciopelada yo diría que son kiwis alargados. 
― A mí no me parecen kiwis ―dijo otra de mis compañeras― más bien diría que se trata de morcillas veganas.
―¿Bromeáis? ―saltó mi tercer compañero― sin duda debe tratarse de zurullos, son cacas de alguna especie gigante de animal cuyas deposiciones deben ser un manjar por estas tierras. Quizás sus propiedades nutricionales te hagan más tolerante a la humedad.
― ¿Quién sabe? ―dije yo
― Sí, quien sabe ― asintieron todos a la vez que empezábamos a dar menos importancia al tema.

De pronto, sentí miedo de mis propios pensamientos.
"Claro. Ya sé lo que es". Todo lo indicaba por este ambiente siniestro.
Debíamos andarnos con mucho ojo. 
De repente, el silencio se tornó espectral y tuve una necesidad urgente de volver al hotel.
Se trataba de penes de peregrinos. En ese momento tuve una contracción lingüística, seguramente ya tengan hasta su propio nombre: penegrinos. 

Durante nuestra breve, y casi finalizada, estancia en Compostela había notado una actitud poco acogedora por parte de la gente de aquí. Bueno, permitidme matizar, todo era sumamente cordial. Días anteriores yo no quería comentar estas impresiones con mis compañeros. Es como si no fuéramos bienvenidos, pero a la vez como si todos tuvieran un notable interés por hacernos sentir reconfortantes. Pero mis sospechas llegaron a ser verbalizadas en algún momento a mis compañeros. "Ese es el carácter de los gallegos" contestó uno de ellos. "Lo llaman retranca" contestó otra compañera que había vivido una temporada por el norte de la región. 

Debían atrapar a unos pocos azarosamente, de aquellos indocumentados que deciden emprender este camino y que nada les ata atrás. Por la noche debían cortar sus penes, macerarlos y curtirlos con piel de kiwi para despistar a los confiados. 

Me imaginé el dolor que pudieron soportar algunos como nosotros. Parecía algo insólito. Si esto era cierto, ¿por qué no se manifestó ya algún tipo de alarma social?. Solo dentro de esta cesta había como diez penegrinos. ¡Algunos podrían ser incluso de niños!.

―Bueno, ¿seguimos?―dijo una de mis compañeras ajena a la gravedad de mis reflexiones y señalando una de las calles que llevaba a la plaza de Cervantes.

Todos se apresuraron en seguir el camino.

Yo debía encontrar la manera de que regresáramos al hotel cuanto antes...

22/7/16

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